
Redacc. Madrid.-Las noticias que conciernen al vino español y mundial siguen sin consolar a productores y distribuidores. El Observatorio Español del Mercado del Vino no determina las causas de la bajada del consumo generalizada de los caldos, aunque si ofrece datos completos sobre las dimensiones de esta merma de mercado. Dicha merma se contrapone a los datos en el aumento de la produccion y en los millones de litros envasados durante el pasado año.
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No existe constancia de la existencia del vino (ni de vid) en América prehispana. Sin embargo, siendo españoles primero, y portugueses después, ambos países con una tradición vinícola muy popularizada, no tardaría en llegar el vino a América. Al principio llegó el vino en barcos desde sus países de origen y muy pronto desembarcarían esquejes y semillas cuya costosa adaptación inició una historia prometedora del vino americano.

Al poco de construir los primeros asentamientos españoles en el continente americano, el vino enviado desde la península resultaba escaso y de muy baja calidad debido a las dificultades del viaje y a su pésima conservación, ya que se requerían varios meses de transporte desde los lugares de producción a los de consumo en el nuevo mundo.
Así comenzaron las primeras plantaciones de vid, allí donde el terreno y la climatología parecían propicias. Determinante para su implantación, fue el desarrollo de las misiones religiosas, ya que necesitaban el vino para las misas, en las mesas y con los enfermos. Como el vino escaseaba, se originó la idea de cosechar las uvas en las propias tierras.
Un dato revelador: la Casa de Contratación en Sevilla recibió órdenes ya en el año 1564, de enviar en cada barco que partía hacia las Indias, cierto número de vides para su implantación y desarrollo en el Nuevo Mundo, iniciándose así, el origen del cultivo en masa de la vid en América.
Los primeros intentos de cultivo conocidos fueron en la actual República Dominicana (La española). Desde esta isla, y llevadas por los conquistadores y misioneros que los acompañaban, las primeras vides americanas viajaron a México (Nueva España), Perú, y posteriormente a Brasil (Santa Cruz).
Dos fueron los problemas que en esta etapa inicial, para la implantación de la “Vitis vinífera”: En primer lugar el material empleado para su establecimiento y en segundo, las condiciones climáticas extremadamente cálidas para su cultivo. El primer material utilizado y el más generalizado fueron sarmientos de vid, cuyo origen es el hemisferio Norte, donde se inició y expandió su cultivo.
Cuando los sarmientos se enviaban al hemisferio Sur, las cosas se complicaban. Los sarmientos cortados en España en las vides de invierno, brotaban durante los largos viajes, al pasar por latitudes más bajas y cálidas. Al llegar a destino se plantaban en época inapropiada.
Más tarde se comenzó a llevar el material en macetas, para solucionar estos problemas, pero también aquí se presentaron problemas en el transporte. Se sabe que también se sirvieron de semillas de uva para la formación de aquellos primeros viñedos, con el inconveniente de no reproducir los caracteres varietales y perder uniformidad en las nuevas plantaciones. Este sería el origen de numerosas variedades "criollas" que poblaron el viñedo colonial.
A mediados del XIX, tras una época de producción domestica rudimentaria, se fortaleció en Chile el interés de la elaboración de vino al estilo europeo. Muchas familias acomodadas, cuyas fortunas se habían forjado en la industria minera, construyeron mansiones fantásticas alrededor de las cuales plantaron sus viñedos.

En esa época, Claudio Gay, un científico y naturalista ligado a la naciente universidad chilena, trajo desde Francia, nada menos que 30 variedades diferentes de “Vitis Vinifera”, incrementando notablemente la diversidad genética y multiplicando, de ese modo las posibilidades de adaptación.
Silvestre Ochagavia tiene el crédito de ser el primero en introducir las variedades francesas con propósitos comerciales en el Valle de Maipo. Muchas otras familias le siguieron, siendo, aun hoy, nombres reconocidos en la industria del vino chileno: Carmen, Concha y Toro, Cousiño Macul, Errázuriz, San Pedro, Santa Rita, Undurraga, y Urmeneta. Una pléyade de familias influyentes con fuerte componente de origen vasco a juzgar por sus apellidos.
Las nuevas variedades como Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec , Carménère, Pinot Noir, Sauvignon Blanc, Semillón, y Riesling producían vinos de más calidad que rápidamente fueron ganando notoriedad y sustituyendo la tradicional uva “Pais”, que fue quedando relegada a zonas cada vez mas marginales. Todavía pueden encontrarse en pequeñas producciones destinadas al consumo local.
De este modo, Chile entró en una nueva etapa de su historia productora que le ha llevado a convertirse en el primer productor de vinos de calidad en el Nuevo Mundo. El pequeño país meridional, además, resultó afortunado: Saldría indemne de la tremenda crisis que afectó al sector en toda Europa.

La Filoxera, que devastó prácticamente todo el viñedo europeo en el siglo XIX, viajó al viejo mundo escondida en las raíces de las vides de la variedad autóctona americana, de gran presencia ornamental, pero invalida para la producción de vino. Las vides europeas se encontraron indefensas ante la nueva peste lo que llevó a la desaparición progresiva de miles de hectáreas en toda Europa. Aunque la peste fuera reintroducida en América a través de las viñas europeas, por razones no totalmente aclaradas, la Filoxera nunca progresó en Chile, manteniéndose libre de la plaga hasta el día de hoy.
El desempleo generado en Europa entre los expertos y productores, propició una emigración hacia Chile de especialistas bodegueros que fueron recibidos con entusiasmo por los locales. El “expertise” francés, unido a las extraordinarias condiciones naturales de los valles chilenos, permitieron un salto cualitativo en la producción de gran calidad, dando respuesta a una creciente demanda tanto en el interior como en el extranjero.
Debido a circunstancias internas y externas, Chile ha permanecido aislado del resto del mundo durante buena parte del siglo XX, perdiendo buena parte del influjo logrado a finales del XIX y primeros del XX. La falta de estimulo del mercado externo, unido al aislamiento respecto a las nuevas tecnologías desarrolladas en Europa, han significado un retroceso en la posición competitiva del país.
Por fortuna, y a partir de la década de los 80, está situación comienza a revertir, hasta recuperar el terreno que los vinos chilenos merecen en el mundo. La liberalización comercial, unida a una mayor apertura al mundo exterior, ha posibilitado un nuevo repunte de la viticultura chilena.
Las bodegas españolas Miguel Torres introdujeron a principios de los ochenta las modernas técnicas y métodos de vinificación, eligiendo Curicó como base de operación. Casi inmediatamente, las bodegas locales comenzaron a sustituir los viejos recipientes obsoletos por nuevos tanques de acero inoxidable y de fermentación a temperatura controlada, e incorporaron nuevas barricas de roble francés al envejecimiento de los caldos. El siguiente paso en esta evolución ha sido un cambio en la actitud de los nuevos bodegueros: De ocuparse sólo de tratar la uva que llegaba a sus bodegas, han comenzado a ocuparse también de la materia prima en el campo, de la calidad de la uva destinada a la producción de vino.
De este modo, se ha producido un enfoque más selectivo en aquellas variedades de más calidad y mejor adaptación: Sauvignon Blanc, Chardonnay, Cabernet Sauvignon, y Merlot.

Un afortunado descubrimiento ocurrió en Chile en 1994, al identificase como Carménère una variedad hasta entonces considerada un Merlot “especial” chileno. Esta uva, desaparecida en Europa al ser muy sensible a la Filoxera, había sido abandonada en su recuperación en Europa e incluso olvidada. El feliz descubrimiento de este varietal en Chile de cepas pre-filoxera procedentes de Burdeos, ha permitido al mundo del vino chileno, dotarse de un elemento de diferenciación de calidad y calidad exclusivas.
El momento actual del vino chileno se caracteriza por una evolución, a la búsqueda del mejor encaje posible entre las variedades y el “terroir” más adecuado, capaz de potenciar la calidad y de diferenciar los caldos chilenos.
De ahí que veamos nuevas plantaciones en zonas "no tradicionales", con diferentes microclimas, a más altura y con distinta composición geológica. A las contrastadas Naipo y Caricù, se añaden nuevas regiones vinícolas que van ganando, poco a poco, su espacio en el competitivo mundo de la calidad: Elqui Valley en el Norte ó Bío-Bío, al sur.
Con un exportación creciente hacia todos los continentes y sobre la base una producción de creciente calidad, los vinos chilenos viven un gran momento de reconocimiento y prestigio mundiales. En palabras del analista chileno Ricardo Alarcón: “Carménère y el vino chileno deben convertirse en la referencia de identidad del nuevo Chile del siglo XXI”.
